3662 | Cerdà, más allá del Ensanche

Ildefons Cerdà y la vigencia de la ingeniería urbana

Razones para un monográfico en la Revista de Obras Públicas

Pere Calvet, decano de Camins.cat, con un retrato de Cerdà al fondo.

La conmemoración del Año Cerdà 2026 constituye una oportunidad excepcional para situar nuevamente en el centro del debate técnico e intelectual la figura de Ildefons Cerdà (1815–1876). No se trata únicamente de una reivindicación de memoria histórica, sino de un ejercicio plenamente contemporáneo: revisar, desde la ingeniería de caminos, canales y puertos, el legado de quien probablemente ha sido uno de los mayores pensadores y planificadores de la ciudad moderna.

En este contexto, la dedicación de un número monográfico de la Revista de Obras Públicas que sitúa Cerdà más allá de la creación del Ensanche de Barcelona no solo resulta pertinente, sino que es necesaria.

Desde la perspectiva disciplinar de la Ingeniería Civil, Cerdà representa una figura singular: la del ingeniero total, capaz de integrar infraestructuras, territorio y sociedad en un único sistema coherente.

Su propuesta para Barcelona, elaborada a finales de la década de 1850, no fue un mero ejercicio de trazado urbano. Fue, en términos actuales, un proyecto integral de infraestructuras urbanas: red viaria jerarquizada, sistema de movilidad, redes de servicios, condiciones de ventilación y soleamiento, y la mayor previsión de crecimiento de una ciudad en la Europa moderna (multiplicando diez veces la ciudad existente). Todo ello articulado a través de una lógica geométrica —la retícula— que permitía garantizar eficiencia, equidad y adaptabilidad.

Cerdà entendió antes que nadie que la ciudad moderna es, en esencia, una infraestructura compleja.

Más de 150 años después, el pensamiento de Cerdà nos sigue interpelando como ingenieras e ingenieros de caminos. Su legado puede sintetizarse en tres principios que mantienen plena vigencia:

La planificación a largo plazo como herramienta de transformación

Cerdà proyectó Barcelona no como era, sino como debía ser. Supo leer las dinámicas de crecimiento demográfico, industrialización y cambio social, y formuló una respuesta estructural. En un contexto como el actual, marcado por la incertidumbre climática, energética y tecnológica, esta capacidad de anticipación resulta más necesaria que nunca.

La infraestructura al servicio de las personas

Lejos adoptar una visión meramente técnica, Cerdà incorporó variables sociales y sanitarias al diseño urbano: densidad, ventilación, acceso a la luz, condiciones de habitabilidad. Su aproximación prefigura lo que hoy es central en cualquier política pública de ciudad: garantizar la calidad de vida de sus habitantes.

Proyecto de Reforma y Ensanche de 1859 de Ildefons Cerdà. Fuente: Archivo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

La ciudad como sistema interconectado

Para Cerdà, la funcionalidad urbana dependía de la correcta articulación de redes: transporte, agua, saneamiento, comunicaciones. Esta visión sistémica conecta directamente con los retos actuales de la integración de infraestructuras, digitalización y resiliencia urbana.

Uno de los aspectos más relevantes de Cerdà —y que resulta especialmente pertinente para una revista como esta— es su condición de ingeniero en el sentido más pleno del término: alguien capaz de combinar teoría y obra construida.

Su Teoría General de la Urbanización lo sitúa entre los grandes pensadores de la ciudad moderna. Pero es el ensanche de Barcelona —la mayor operación de nueva planta de la Europa del siglo XIX— el que otorga autoridad a su pensamiento.

Esta dialéctica entre pensamiento y ejecución constituye uno de los rasgos definitorios de la buena ingeniería. Y es, precisamente, lo que convierte a Cerdà en un referente ineludible para la comunidad profesional.

En este contexto, este monográfico adquiere un sentido aún más claro: no se trata solo de estudiar a Cerdà, sino de utilizar a Cerdà como herramienta para repensar la práctica contemporánea de la ingeniería.

Hoy, la profesión se enfrenta a desafíos de una escala y complejidad equiparables —o incluso superiores— a los del siglo XIX: transición energética, adaptación al cambio climático, gestión de recursos hídricos, transformación de la movilidad, regeneración urbana o cohesión territorial. Todos ellos requieren enfoques integrados, visión de largo plazo y capacidad de materialización. Las cualidades que definen la obra de Cerdà son las mismas que definen la buena ingeniería de hoy.

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