La Clave | Cerdà, más allá del Ensanche

La verdad de Ildefons Cerdà

Andreu Ulied Seguí

Doctor ingeniero de caminos, canales y puertos. Socio y director de MCRIT

“Una verdad, una fe, una generación de hombres pasa, se la olvida, ya no cuenta. Excepto para aquellos pocos, tal vez, que creyeron esa verdad, profesaron esa fe o amaron esos hombres”

Joseph Conrad, Juventud

Boulevard Montmartre de noche, Camille Pissarro, 1897.

Las verdaderas fuentes de la felicidad y de la riqueza públicas

Madrid, 24 de junio de 1851

El diputado de provincias quizás no pudo descansar la noche del 23 de junio de 1851. Las hogueras estaban prohibidas, pero no la música, y la verbena no cesó hasta bien entrada la madrugada. Más allá de sus actividades políticas, y de las notas que escribe en su diario, poco sabemos de su vida. Pero supongamos que sale a media mañana del portal del número 1 de la calle de la Virgen del Peligro, donde su partido tiene alquilada una vivienda. Y que aquel día viste, como solía, levita negra y chaleco, camisa de algodón y pantalones rectos, sombrero de copa y bastón. Es un hombre alto, y aún parece joven. Tiene 35 años. Sabemos también que fue elegido en las listas del Partido Liberal Progresista y que hoy intervendrá en la sesión de tarde del Congreso, sito en el edificio neoclásico que la reina Isabel II inauguró el año pasado.

Imaginemos ahora que, al pasar por la Puerta del Sol, le ofrecen un coche de caballos descapotable por 10 reales, pero que él prefiere seguir caminando a buen paso hacia la Carrera de San Jerónimo. Saluda a algunas personas llevándose educadamente la mano al sombrero de copa. Tiene amigos en Madrid, algunos con cargos importantes, de cuando estudiaba en la Escuela especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Los ingenieros españoles, a imagen y semejanza de sus colegas franceses, están comprometidos con el progreso del país hasta el punto que el gabinete liberal de Francisco Martínez de la Rosa, al tiempo que reabrió la Escuela especial de Ingenieros cerró la Escuela de Tauromaquia de Sevilla y el Tribunal de la Santa Inquisición. Es una época turbulenta, pero sin duda fascinante para un joven ingeniero. El ferrocarril de Barcelona a Mataró se había inagurado en el mes de octubre de 1848 pese a los sabotajes de las sociedades luditas, que prendieron fuego a la fábrica mecanizada por vapor Bonaplata al grito de «¡Muera el progreso!». Como muchos de sus compañeros, el diputado vive su profesión y la política con un compromiso militante, casi sacerdotal, tanto, que su jovencísima esposa Clotilde, hija del banquero José Bosch, en más de una ocasión ha tenido que viajar a Madrid en la berlina de su padre con cochero, lacayo y dama de compañía para hacerlo regresar a Barcelona después de pasar meses sin verlo. Sus tres hijas, Pepita, Rosita y Sol, nacieron seguidas, entre 1849 y 1851, y están al cargo de unas niñeras.

Deben de ser las dos de la tarde cuando el diputado sube la escalera del Congreso y entra en el hemiciclo. Los diputados van tomando asiento. Son todo hombres: abogados, militares de alta graduación, propietarios de tierras y funcionarios del Estado, y todos visten levitas negras y chaleco, corbatón gris o negro. Han sido elegidos por sufragio censitario, que solo incluye a hombres mayores de 25 años lo bastante ricos como para pagar más de 400 reales anuales de impuestos, y a miembros de las Reales Academias, jefes militares, altos funcionarios, doctores y licenciados. Los peones y jornaleros del campo, arrendatarios, obreros industriales, criados, la inmensa majoria de los españoles, subsiste con menos de 100 reales al mes, y casi todos son analfabetos. Preside el Congreso Luis Mayans. Por el Diario de sesiones de las Cortes sabemos lo se dijo aquella tarde en el Congreso sobre el Dictamen de Comisión en relación al proyecto ferroviario del Real Sitio de Aranjuez a Almansa. El marqués de Salamanca había solicitado la concesión y una subvención del Estado de 190 millones de reales.

—Señores diputados —anuncia el presidente Mayans—, tiene la palabra el señor diputado Mas y Abad.

—Se la cedo al señor Cerdà —dice Mas y Abad.

Y entonces el diputado Cerdà se levanta, da las gracias al señor Mas y Abad, y se disculpa por hablar mal en castellano. «Por ser hijo —dice— de un país en el que se habla un dialecto muy diferente del idioma nacional». Con todo, su castellano es mucho mejor que el del general Juan Prim, que lo escucha impaciente desde su banco.

«…el bien general, las mejoras morales y materiales tomadas en su más alta acepción —empieza diciendo el diputado Cerdà—, pueden y deben considerarse como las verdaderas fuentes de felicidad y riqueza públicas, sin ellas vienen a caer en el descrédito todas las Instituciones. Todas las naciones han reconocido la validez de estos principios tan pronto han vuelto en sí del letargo en el que las tenia sumidas la larga y tenebrosa noche del oscurantismo[…]».

«[…] sin abandonar el vasto campo de las teorías todas las naciones han descendido al terreno inmenso de las aplicaciones —continúa—, poniendo en práctica todas aquellas que habían de producir un resultado más inmediato en beneficio de los pueblos. Han construido caminos, han abierto canales y puertos facilitando de esta manera el desarrollo de la agricultura y de la industria, al mismo tiempo que la realizacion de transacciones comerciales[…]».

«[…] mientras esto sucedía en las demás naciones —se lamenta—, nosotros, siguiendo todavía oprimidos bajo el yugo del despotismo y la Inquisición, hacíamos rápidos progresos en las ciencias teológicas y canónicas; fundábamos escuelas de Tauromaquia; construíamos conventos y templos monumentales; fabricábamos Reales sitios; y, en una palabra, gastábamos todos nuestros recursos intelectuales y pecuniarios en objetos que podían ser muy buenos, pero llevados hasta cierto punto […] porque, señores, no hay que perder de vista que arrebatan multitud de individuos y capitales que podrían ser dedicados a las ciencias positivas y a la industria […]»

A pesar del entusiasmo que siente por los proyectos ferroviarios, el diputado Cerdà se opone a la financiación pública del proyecto que prolongará el ferrocarril de Aranjuez hasta Almansa. Un proyecto ferroviario puede menoscabar el «bien general», piensa él, tanto como un Real Sitio o un templo monumental si sus «ventajas y utilidades» no están justificadas, si no es sostenible financieramente.

«¿Dónde están los planes generales y particulares necesarios a la cabal inteligencia del proyecto? —se pregunta—. ¿Dónde los presupuestos circunstanciados de su coste? ¿Qué ingeniero ha redactado la memoria facultativa? ¿Qué persona competente y debidamente autorizada ha hecho la apreciación de las ventajas y utilidades que deben resultar de la empresa propuesta? […] No puedo adherirme al dictamen de la Comisión y me atrevo a suplicar al Gobierno aplace la resolución de tan importante asunto para cuando esten hechos todos los estudios y reconocimientos necesarios […]».

La legislatura acaba precipitadamente. A pesar de haber logrado un arreglo con bancos acreedores para refinanciar la deuda pública evitando así una nueva suspensión de pagos, Bravo Murillo dimite a fin de año. Cerdà no renueva como diputado. La Ley General de Ferrocarriles será aprobada el 3 de junio de 1855, ya en la siguiente legislatura, y otorgará mayores subvenciones y exenciones arancelarias para importar materiales ferroviarios, garantizando beneficios a inversores extranjeros. La Ley facilitará la construcción de miles de kilómetros de ferrocarriles sin demanda suficiente para poder ser sostenibles financieramente, provocando así la crisis de 1866.

De izquierda a derecha, Reunion familiar de Frédéric Bazille, 1864. L'Homme au balcon, boulevard Haussmann, Gustave Caillebotte (1880). Café Americano de Jean Beraud, 1880.

De Platón a Proudhon

París, 1856

«Salgo de Barcelona para París con Clotilde y Ravella», escribe Cerdà en su dietario el día 9 de octubre de 1856.

Imaginemos que parten a las tres y media de la madrugada en la berlina de Clotilde, un vehículo cerrado y acolchado, con suspensión de muelles de acero en las cuatro ruedas, tirado por cuatro caballos o, más probable aún, que embarcan en el coupé de la diligencia pública, menos cómodo, pero más práctico y rápido. El trayecto en diligencia de línea hasta la frontera con Francia se prolonga durante varios días, a diez leguas al día, por caminos de rueda o herradura en mejor o peor condición hasta la estación de Nimes. Mientras una diligencia española puede alcanzar 6,5 km/h en los buenos caminos, las grandes locomotoras de vapor francesas arrastran ya vagones con cientos de viajeros a casi 80 km/h. Tras la puesta en servicio de la magnífica Artère impériale del emperador Napoleón III, el trayecto de Nimes a Paris se puede ya realizar en poco más de diez horas.

Viajar en un vagón de primera clase es una experiencia de lujo exclusivo. Podemos imaginar a Clotilde, que es pintora, absorta en la contemplación de los campos y los pueblos de Francia, dibujando a mano alzada un paisaje tras otro mientras Cerdà y Ravella conversan sobre el sistema Arnoux de articulación de vagones, o sobre el proyecto de reforma y ensanche de Barcelona que el Gobierno ha encargado a Cerdà. Miguel Ravella está al cargo del proyecto de ferrocarril de Barcelona a Sant Joan de les Abadesses que financia el banquero Corbiére d’Alençon. Cerdà es concejal del Ayuntamiento de Barcelona y lleva cartas de presentación para el barón Georges-Eugène Haussmann, que tiene la orden del emperador Napoleón III de transformar París «au point de vue de la circulation, de l’hygiène et de l’esthétique». Cerdà piensa que es necesario repensar las ciudades modernas más allá de la estética neoclásica, barroca o renacentista, y por ello está interesado en conocer no solo las obras de Haussmann, sino también la historia de la filosofía, «de Platón a Proudhon», dice él; la arquitectura: «de Vitrubio a Reynaud»; y el derecho: «de Solon a Bentham», así como la geografía, la moral y la religión. La vieja estación del embarcadero de Montereau había sido reemplazada por la impresionante Gare de Lyon, en la orilla derecha del río Sena, que deja a los tres boquiabiertos.

Sabemos que Cerdà asistió la inauguración del colector de la Avenida Sebastopol, y que Haussmann le propuso quedarse en París más tiempo para trabajar con él. El resto de su estancia en París nos lo hemos de imaginar. Es probable que través de Haussmann y de sus colegas ingenieros des Ponts et Chaussées —Jules Dupuit o Léonce Reynaud— Cerdà se hiciese invitar a los salones y las sociedades parisinas frecuentados por August Comte, padre del Positivismo, ya muy mayor, así como por pensadores liberales como John Stuart Mill —discípulo de Jeremy Bentham—, que estudió con Jean Baptiste Say, fundador de la Societé d’Economie Politique.

La Societé d’Économie Politique reunía a abogados del Estado, filósofos sociales e ingenieros en restaurantes y casas particulares para discutir conceptos como la medida de la «utilidad social» o la «plusvalía» a partir de las teorías de Dupuit, contrarias a las de Marx y Proudhon.

Cerdà viajó en cuatro ocasiones a París entre 1856 y 1858, y sus estancias sumaron un total de 415 días, según consta en los archivos del Ayuntamiento. En aquellos mismos años viajó a Madrid en cinco ocasiones y sus estancias en la capital también fueron prolongadas.

De izquierda a derecha, Música en Las Tullería de Manet, 1862. La Dama de Honor de James Tissot, 1883.

Cuatro palabras sobre el Ensanche

Barcelona, 1861

Finalmente, Cerdà regresa a Madrid el 25 de noviembre de 1859.

«Vuelvo de Madrid a Barcelona con el Decreto de 31 de Mayo que autoriza la edificación del ensanche», escribe el 7 de julio de 1860.

A partir de aquel día Cerdà trabaja en las tareas de replanteo del proyecto. Los intereses de los propietarios de los terrenos del interior y los del exterior son opuestos. Se impone arbitrar compensaciones entre propietarios y establecer acuerdos de cooperación con las Administraciones públicas, algo sobre lo que no se tiene experiencia. Que sea el Gobierno Civil a través de Cerdà, y no el Ayuntamiento, quien otorgue las licencias de obra reduce la influencia de la burguesía local y es motivo de discordia.

Cerdà redacta un folleto, Cuatro palabras sobre el Ensanche dirigidas al público, de una veintena de páginas, que imprime el 12 de mayo de 1861. En él trata de explicar a los propietarios del exterior la lógica de un proceso de reparcelación. En lugar del concepto del «bien general», Cerdà emplea ya el concepto liberal de «interés general», que no presupone la benevolencia de nadie, pero sí la «racionalidad» de todos.

«Los propietarios del llano de Barcelona […] deben ponerse en armonía aun cuando hayan de imponerse sacrificios que nunca seran más que aparentes, ya que con la reciprocidad de tales sacrificios todos y cada uno han de salir beneficiados».

Ni el Ayuntamiento de Barcelona ni el Gobierno de España deben imitar el modelo dirigista de la renovación de París:

«No creo que nadie me juzgue tan estúpido que suponga que voy a proponer la expropiación de todos los terrenos comprendidos dentro del proyecto de Ensanche a fin de llegar a confundir todas las diversas propiedades en una sola propiedad aunando de esta manera y condensando en una entidad única todos los derechos y todos los intereses. Esto es muy bello sobre el papel, pero esencialmente utópico».

Con la propuesta de un ensanche ilimitado Cerdà confía en que los precios del suelo deberían tender a ser los menores posibles y que irá aumentando la riqueza general, pero en los primeros años solo las pocas familas con rentas altas podrán acceder a vivir en el nuevo Ensanche (1).

Aplicando las ideas expuestas en su folleto, Cerdà impulsa con socios capitalistas la Sociedad de Fomento del Ensanche, una empresa privada que tiene por misión comprar y vender terrenos, construir edificios y urbanizar viales por cuenta propia y ajena. La Revista de Obras Públicas no ahorra elogios a Cerdà: «arsenal inagotable de principios facultativos, jurídicos y administrativos […] interesantes por su método, por la fuerza de su raciocinio, por la novedad y abundancia de sus principios y doctrinas».

Concierto en el Teatro de la Zarzuela

Madrid, 1873

El 28 de febrero de 1861 Clotilde dió a luz a un niña que llamó Clotildina.

«Nacimiento de Kilina», escribe Cerdà usando al nombre cariñoso con el que llamaba a Clotildina. Clotilde había quedado embarazada mientras Cerdà estaba en Madrid. Cerdà lo aceptó, porque su relación continuó aún unos años más, hasta que al fin se separaron definitivamente, el día 27 de mayo de 1864. Escribe aquel día Cerdà en el dietario: «Trueno grande en la familia. Marcha Clotilde a Madrid».

A la crisis familiar, le sucede la crisis económica de 1866. Isabel II es derrocada por el general Prim y otros jefes militares en 1868. Clotilde, por su parte, parte con Clotildina y la «corte chica» de Isabel II a un exilio dorado en París, donde la emperatriz Maria Eugenia les cede un bello palacio, que la reina llama Palacio de Castilla y que hoy en día es un hotel de gran lujo. Pepita, Rosita y Sol estudian en el convento del Sacre Coeur con las hijas de la aristocracia europea; Clotidina aprende música con el profesor de arpa de la reina, y empieza a dar sus primeros conciertos como niña prodigio. La familia sigue yendo y viendo a Barcelona y a Madrid. Escribe Cerdà el 22 de setiembre de 1870:

Publicación de la época que hace referencia a los conciertos ofrecidos por Esmeralda Cervantes (doña Clotilde Cerdà y Bosch), eminente arpista española, 1876.

«Ha salido toda la familia para Can Cerdà, por estar la fiebre amarilla en Barcelona. Solo ha quedado en casa el criado Cayetano Santiago Hernandez. Pernoctamos en Aiguafreda».

Cerdà siempre estuvo pendiente de Kilina, que se hacia llamar Esmeralda Cervantes, el nombre artístico que Victor Hugo e Isabel II, su madrina, le sugirieron en una de aquellas memorables soirées musicales en el Palacio de Castilla en París. Escribe Cerdà el 12 de noviembre de 1874:

«El Imparcial de hoy: la distinguida arpista Esmeraldina Cervantes ha salido de Lisboa para Río de Janeiro».

Kilina regresó a Madrid al año siguiente tras su gira por Brasil y Río de la Plata. Su concierto más emocionante quizá no fue ante Alfonso XII, ni ante el presidente Cleveland de los Estados Unidos, la reina Victoria, el emperador Francisco José I de Austria o el sultán Abdul Hamid II de Turquía, sino el que ofreció en el Teatro de la Zarzuela de Madrid el 22 de mayo de 1875, cuando tenía 14 años. Aunque Cerdà no lo anotase en su dietario, ni tengamos un registro histórico que lo atestigue, es imposible a estas alturas no imaginar a Cerdà del brazo de su hija Rosita bajando por la calle de la Puebla, él vestido con su levita negra y ella a la moda, con una falda ajustada por delante y por los costados, y un mantón de cachemira sobre los hombros, cruzando la calle de Alcalá y subiendo un breve tramo hasta Jovellanos y el Teatro de la Zarzuela. Aunque, si Rosita arrastraba una de aquellas largas colas que estaban de moda entre las mujeres más elegantes, es más probable que alquilasen un carruaje.

Kilina siempre consideró a Cerdà su padre, y en 1920 solicitó formalmente al Ayuntamiento de Barcelona su reconocimiento público. Pero tal y como publicó La Imprenta, de Barcelona, Cerdà no necesitaba tal cosa y señaló también que Cerdà era «liberal y tenía talento, dos circunstancias que en España suelen crear muchos enemigos». Su monumento fue la ciudad prodigiosa que se construyó entre la Exposición de 1888 y la de 1929, la etapa de máximo esplendor y consolidación de su proyecto de Ensanche. «Barcelona tiene un corazón cuadrado», afirmó el alcalde Pasqual Maragall después de los Juegos Olímpicos de 1992.

Notas

1

En la actualidad, la renta de los residentes en el Ensanche se situa aproximadamente sobre el promedio del de Barcelona

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