La Clave | 'Regeneracción'

El rol de la ingeniería civil en la regeneración de la naturaleza

Carlos Mallo Molina

Ingeniero de caminos, canales y puertos. Fundador y director de la organización internacional Innoceana. Ganador del Goldman Prize 2025. Coordinador del número 3664.

Modelado fotogramétrico de arrecifes de coral en Costa Rica. © Innoceana

Muchos años después, recuerdo aquella tarde en la que mi padre me llevó a conocer los dolos. El puerto de San Ciprián era entonces un puerto recién construido al servicio de una fábrica de alúmina: algunas casas de pescadores quedaban atrapadas al cobijo del nuevo dique norte, y aún se veían rampas de hormigón que habían servido a los balleneros para sacar del mar majestuosos cetáceos sin vida.

Quizás lo que más me sorprendió fue ver cómo las olas del poderoso Cantábrico rompían contra un lecho de bloques con formas extrañas: los dolos. De tono gris blanquecino, enormes e implacables, como huevos prehistóricos de algún dinosaurio desconocido. Mi padre me miró y me dijo, con los ojos cristalinos de emoción: «Recuerdo perfectamente el día que pusimos el último dolo. Ese día hicimos historia». Fue en ese momento cuando tuve claro que quería convertirme en ingeniero de caminos.

La ingeniería civil al servicio de la sociedad

Desde aquel día en la costa de Cervo, la costa en la que nací, me he preguntado muchas veces qué tendrían en la cabeza, pero sobre todo en el espíritu, ingenieros tan poco convencionales como José Echegaray (premio nobel de Literatura), Torres Quevedo (inventor del ajedrez autónomo y de tantos otros inventos) o Isambard Kingdom Brunel (ingeniero inglés que un día construyó barcos de hormigón).

Ingenieros capaces de moverse entre disciplinas, de incomodar, de cuestionar lo establecido y de asumir riesgos intelectuales y profesionales en nombre del progreso. No eran ingenieros cómodos. No buscaban únicamente ejecutar bien lo que ya existía, sino imaginar lo que todavía no era posible.

No me cuesta imaginar la cantidad de veces que este tipo de ingenieros chocaron con frases como: «lo que estás intentando hacer es imposible». O con miradas que insinuaban que aquello ya no era estrictamente ingeniería civil. Y, sin embargo, fue precisamente esa incomodidad la que permitió que la ingeniería avanzara, se expandiera y cumpliera su verdadera función: estar al servicio de la sociedad.

Sobre la propia definición de Ingeniería Civil

La Ingeniería Civil abarca un gran campo de estudio que trata de proponer soluciones sostenibles a las necesidades de la sociedad en cuanto a infraestructuras, organización del territorio y medioambiente.

Desde que me titulé como ingeniero de caminos, canales y puertos en la Universidad Politécnica de Madrid, he visto una y otra vez, con gran asombro, no solo la fragilidad del mundo en el que vivimos, sino también la fragilidad de nuestra profesión. Quizá, todavía con el «paso de frenada» del auge de la construcción civil que tuvo España desde los años noventa y hasta la crisis de 2008, no nos dimos cuenta del todo de que los ingenieros de caminos somos mucho más que acero y hormigón.

Somos una ingeniería de territorio y de transformación. Hemos sido capaces de unir océanos como el canal de Suez o el canal de Panamá; de conectar países como el Eurotúnel entre Francia y el Reino Unido; y de crear infraestructuras en todo tipo de entornos: desiertos, zonas fangosas o alta mar. Pero quizá, en ese camino, nos hemos olvidado de una parte muy importante de nuestra propia definición: estamos al servicio de la sociedad, nuestras soluciones han de ser sostenibles, y además somos responsables de organizar el territorio y el medioambiente, esto es, en definitiva, nuestra verdadera casa.

Los límites planetarios

Algunos datos que aprendí durante la carrera nunca se me han olvidado. Datos de aquellas horas interminables en los pupitres fríos y metálicos de la Escuela de Caminos de Madrid: España cuenta con más de 150 000 kilómetros de carreteras; aproximadamente un dique cada 30 kilómetros de costa; tiene una de las redes de alta velocidad más extensas del mundo; y una infraestructura portuaria y aeroportuaria que, en muchos casos, resulta claramente sobredimensionada.

Durante años, estos datos se presentaron como sinónimo de progreso y de sociedad del bienestar. Hoy, sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿a qué precio?

El marco de los límites planetarios, desarrollado por el Centro de Resiliencia de Estocolmo, define los umbrales biofísicos que garantizan la estabilidad del sistema Tierra y el espacio seguro en el que puede desarrollarse la actividad humana. La evidencia científica indica que varios de estos límites ya han sido superados, aumentando el riesgo de cambios ambientales abruptos e irreversibles. En otras palabras: nos estamos «comiendo» demasiado rápido este planeta.

Para la ingeniería civil, este marco no es una abstracción teórica. De manera indirecta, nuestra profesión influye en todos los límites planetarios; pero de forma directa incide, al menos, en tres de ellos: la integridad de la biosfera, la transformación del territorio y la alteración de los sistemas de agua dulce. Es decir, exactamente en los ámbitos sobre los que históricamente ha actuado la ingeniería de caminos, canales y puertos.

Es hora de tomar responsabilidad

Hace casi ocho años decidí dar un giro drástico a mi trayectoria profesional. Tras siete años trabajando en una gran constructora española, liderando proyectos de gran envergadura, sentí que algo no encajaba; que, aun haciendo bien mi trabajo, me estaba alejando de la definición más profunda de la ingeniería civil.

Decidí entonces seguir mi instinto y salir de la zona de confort, dejar mi carrera profesional «convencional» para aprender sobre ecosistemas marinos, sobre restauración ecológica y sobre nuevas formas de intervenir en el territorio y en el medio marino. De ese proceso nació Innoceana, una organización de conservación marina que hoy trabaja en distintos lugares del mundo y que es, en esencia, el resultado de aplicar la mentalidad de la ingeniería de caminos a la regeneración de los ecosistemas.

En ese camino, viajando y trabajando fuera de España, me encontré una y otra vez con nombres que me eran familiares: Torres Quevedo, Juan de la Cierva. Recordatorios silenciosos de que los ingenieros de caminos siempre hemos sido, o deberíamos ser, profesionales inconformistas, capaces de cuestionar lo establecido y de actuar no solo con ingenio, sino también con integridad.

Innoceana es solo un ejemplo de algo más amplio: de que los ingenieros de caminos no solo tenemos la responsabilidad, sino también la capacidad de explorar nuevas formas de ejercer nuestra profesión; formas que nos acerquen de nuevo a nuestra definición original y que contribuyan a que nuestra presencia en el planeta no siga sobrepasando sus propios límites.

Una oportunidad única para la profesión

El planeta atraviesa un momento de enorme complejidad. Las tensiones geopolíticas aumentan y el contexto global resulta, en muchos casos, difícil de interpretar. Sin embargo, en este escenario, la Unión Europea ha tomado una posición clara: la restauración de la naturaleza se ha convertido en una prioridad estratégica.

Prueba de ello es la aprobación de la Ley de Restauración de la Naturaleza, una de las iniciativas ambientales más ambiciosas impulsadas hasta la fecha. Esta Ley establece, entre otros objetivos, la restauración del 20% de los ecosistemas degradados para 2030 y del 90% para 2050. Lejos de ser una declaración simbólica, esta Ley implica planificación, inversión, ejecución y seguimiento a gran escala. Implica proyectos complejos, multidisciplinares y de largo recorrido. Y es aquí donde los ingenieros de caminos, canales y puertos tenemos un papel imprescindible que asumir.

No partimos de cero. Existen aliados clave que llevan décadas trabajando en esta dirección, como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, que ha desarrollado estándares y marcos de referencia para las soluciones basadas en la naturaleza, anticipándose a este nuevo contexto normativo europeo.

La visión: un centro de soluciones basadas en la naturaleza para Europa

Si algo está claro es que no tenemos mucho tiempo. Y, al mismo tiempo, que en muchos aspectos las cosas están empeorando. En enero de 2026, los datos del satélite Copernicus volvieron a confirmarlo: por tercer año consecutivo se registraron temperaturas máximas históricas, superando de media en 1,5 ºC los niveles preindustriales.

Pasaporte de España. Se rinde reconocimiento a la labor del ingeniero de caminos español Leonardo Torres Quevedo, inventor del transbordador.

Ante este contexto, no basta con diagnosticar ni con declarar buenas intenciones. Es necesario actuar, y hacerlo con la escala, el rigor y la ambición que la situación exige. La propuesta que acompaña a este número de la Revista de Obras Públicas parte precisamente de esa necesidad: asumir la responsabilidad y pasar a la acción.

Con la capacidad técnica y organizativa que la ingeniería civil ha desarrollado a lo largo de los años en España, debemos pensar en grande. La creación de un centro de soluciones basadas en la naturaleza, conectado con la universidad, la empresa y la administración, dotado de laboratorios de ensayo, capacidades digitales punteras y asesorado por organizaciones con experiencia real en regeneración ecológica no es una utopía. Es una necesidad.

Un espacio capaz de articular conocimiento, formar profesionales, ejecutar proyectos y colaborar a escala europea e internacional; un lugar desde el que la ingeniería de caminos vuelva a situarse, de forma clara y decidida, al servicio de la sociedad y dentro de los límites del planeta.

Las personas y las comunidades

Pero, por encima de marcos normativos, estrategias y visiones de futuro, este camino me ha recordado algo esencial: la importancia de las personas. En este periplo alrededor del mundo mientras creaba una organización internacional utilizando mi formación como ingeniero de caminos, he tenido la enorme suerte de conocer a muchísimas personas vinculadas a esta profesión. Personas brillantes, comprometidas, inconformistas. Personas que, desde distintos lugares y trayectorias, comparten la convicción de que las cosas pueden cambiar y, más aún, de que tienen que cambiar.

Los ingenieros de caminos tenemos la capacidad de explorar nuevas formas de ejercer nuestra profesión que nos acerquen a nuestra definición original

También me ha enseñado algo igual de importante: que ningún proceso de transformación será real si no se construye con y para las comunidades. Las infraestructuras, los proyectos de restauración y las soluciones basadas en la naturaleza no pueden diseñarse desde la distancia, ni imponerse desde una visión puramente técnica o teórica. Deben nacer del diálogo, del respeto al conocimiento local y de la comprensión profunda de quienes habitan, cuidan y dependen de esos territorios.

Conviene recordarlo con humildad: no podemos juzgar el pasado con los ojos del presente. Cada época tuvo sus urgencias, sus límites y sus certezas, y muchas de las infraestructuras que hoy cuestionamos nacieron de una voluntad genuina de servir al bien común. Los tiempos han cambiado y nosotros con ellos, pero el camino no pasa por negar lo que fuimos, sino por liderar lo que viene desde el respeto y el amor por la profesión: la de ayer, la de hoy y la que estamos construyendo para mañana.

Esta Revista está dedicada a todas esas personas; a quienes creen en la responsabilidad individual como punto de partida y en el trabajo colectivo como única vía real de transformación; a quienes entienden que la ingeniería civil no es solo una profesión técnica, sino una herramienta al servicio de la sociedad; a quienes saben que regenerar no es únicamente restaurar ecosistemas, sino también reconstruir vínculos: entre disciplinas, entre generaciones, entre instituciones y comunidades, y entre la humanidad y la naturaleza. Vivimos tiempos complejos, en los que la empatía y la solidaridad deben actuar como un faro de esperanza. Tenemos la formación, tenemos la energía, tenemos la capacidad y tenemos los medios. Ahora solo queda lo más importante: actuar. Y hacerlo hoy.

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