Un año más, Miguel Aguiló, director de Estrategia de ACS, ha publicado un nuevo volumen de su colección de grandes textos sobre ciudades, entornos e ingeniería civil. Después de la serie de 10 volúmenes titulada «ACS Ingeniería Civil y Arquitectura en España» y de los diez correspondientes a la serie «ACS Grandes Ciudades», ahora ve la luz el tercer volumen de la serie «ACS Paisajes de metrópoli», que versa sobre la ciudad de Seattle y la región del noroeste norteamericano.
El territorio en cuestión —que hoy en día se extiende en los Estados federados de Washington y Oregón, los cuales pivotan respectivamente en torno a las ciudades de Seattle y Portland (las más pobladas de cada entidad, aunque las respectivas capitales administrativas son, en realidad, Olympia y Salem)— se encuentra en el extrarradio periférico de los Estados Unidos y linda con el paralelo 49, el cual marca la frontera entre EE. UU. y Canadá.
Como explica Aguiló, como este límite geográfico estricto dejaba sin su entrada natural al puerto canadiense de Vancouver, en 1849 el Gobierno británico pactó con George Washington que la linde siguiera el eje del estrecho de Juan de Fuca para que así se pudiera acceder al Pacífico por ambos lados del cruce con el paralelo 49; así, bordeando la isla de Vancouver de oeste a este, se alcanzaba la ciudad de Vancouver por el norte y Seattle por el sur.
Parte del occidente marítimo del estado de Washington es un laberíntico complejo de islas, de difícil acceso y de todavía más difícil identificación cartográfica con los medios rudimentarios de la época del descubrimiento. Aquellos territorios, separados del oriente norteamericano por unas cordilleras elevadas, fueron colonizados por los pioneros con cierto retraso, aunque la tenacidad y la voluntad de esos arrojados colonos vencieron todas las resistencias hasta conseguir, en un tiempo récord para la época, una entidad y un desarrollo admirables.
La audaz construcción de Seattle y del noroeste americano
ISBN: 978-84-09-79871-1
Autor: Miguel Aguiló
Editorial: Grupo ACS, 2025
Número de páginas: 345 pág.
La anfractuosidad del territorio, la complejidad de sus costas, las barreras montuosas naturales que limitaban la expansión por oriente obligaron a grandes alardes constructivos, tanto para implementar una red de comunicaciones y accesos como para la urbanización de los primeros asentamientos.
Las dificultades que planteaba el territorio obligaron desde el primer momento a recurrir a grandes obras de ingeniería, tanto para asentar a la población como para comunicarla con el resto del país. Seattle había de ubicarse, según explica Aguiló, «en una estrecha franja con fuertes pendientes transversales, encajada entre un lago glaciar y una bahía mareal de orillas pantanosas. Las dificultades de nivelación se sumaban a las creadas por las obras hidráulicas de abastecimiento o energía, y por las portuarias para facilitar la navegación, creando una confluencia de problemas relacionados entre sí, de creciente complejidad». Uno de los primeros pasos que había que dar era la construcción de un ferrocarril transcontinental, cuyo trazado obligaría a edificar numerosos puentes y a perforar largos túneles para salvar la cordillera que cerraba las nuevas tierras al oriente.
Si la colonización de América fue una búsqueda incesante de asentamientos acogedores para facilitar la vida de los nuevos colonos, el poblamiento del noroeste norteamericano fue también un proceso beligerante de domesticación de la naturaleza y de dominio del territorio.
Este libro de Aguiló, como todos los anteriores, no es propiamente un tratado de ingeniería, sino que va más allá y, además de ser una guía técnica acaba convirtiéndose en una historia social y económica del lugar en la que los procesos constructivos se imbrican y cooperan con los designios principales de la población. En este caso, el autor explica cómo ya las primeras acciones de colonización de Seattle provocaron daños ecológicos significativos (el territorio pantanoso que se iba a urbanizar había sido secularmente hábitat natural del salmón), por lo que los colonizadores tuvieron que tomar en consideración desde el primer momento los requisitos ambientales que debían cumplir sus actuaciones. El vergel debía conservarse lo mejor posible.
De cualquier modo, en este caso, la intervención ingenieril era indispensable en cuanto las nuevas ciudades, en su camino tardío hacia el progreso, formalizasen su voluntad de adoptar los refinados estándares de vida del oriente del país. El problema consistía en conciliar ese desarrollo con la preservación medioambiental, que en el caso de Seattle fue facilitada por un avanzado plan de parques urbanos financiado por los herederos de un potentado local, en lo que —piensa Aguiló— fue «el primer intento racional de la ciudad para convivir con su majestuoso entorno».
El proceso posterior fue también complejo: la zona registró una etapa de gran crecimiento a causa de las fiebres del oro en Alaska, que tuvieron su apogeo en 1896, por lo que las ciudades de la zona experimentaron diversas ampliaciones y tuvieron que prestar nuevos servicios a los flujos de inmigración. En Seattle, aquella etapa, que se detuvo con la Gran Depresión de 1929, comprendió la construcción de un puerto muy bien protegido, así como de una gran estación de ferrocarril, una universidad y la creación de barrios periféricos. Tras la crisis, la ciudad inició una etapa de fuerte desarrollo que duró hasta mediados de la década de 1960, cuando arrancó una nueva depresión, esta vez teñida de conflictividad social y laboral, más perceptible en Seattle que en el propio estado de Washington.
La ulterior prosperidad de Seattle llegó de la mano de grandes tecnológicas multinacionales americanas, como Microsoft y Amazon, que establecieron grandes sedes en la ciudad y dieron a la región el impulso definitivo de que hoy disfruta. Algunas de las obras más espectaculares de esta última etapa han tenido también sello español; es el caso del nuevo frente marítimo de Seattle, antes oculto tras un antiestético viaducto. Gracias a la construcción de un supertúnel por el Grupo ACS a comienzo de los 2000 ha cambiado una de las más espectaculares perspectivas de la ciudad.
Como sucede en las demás obras de esta ya nutrida colección bibliográfica salida de la pluma diestra de Aguiló, la lectura de este libro proporciona, en fin, una impregnación multidimensional de los espacios abarcados por la investigación, que aproxima a los lectores a uno de los rincones emergentes del mundo que más rápidamente han irrumpido en la globalización durante las últimas décadas. Al hilo de la ordenación del territorio y de las obras públicas, se desgranan la historia, la sociología y la política del territorio examinado.
La obra, bellamente ilustrada y magníficamente editada, está dividida en varios grandes capítulos que describen el marco general del relato («Fuego y hielo. Un rincón ignoto»); el efecto movilizador de las fiebres del oro («Oro y energía. Una región extractiva»); la gestión del agua («Tierra y agua. Una ciudad eficiente); los problemas del crecimiento y la movilidad («Conflictos del desarrollo. Una ciudad radical»), y la exultación de la urbe actual («Un túnel para una ciudad nueva»).
En contra de lo que suele suceder con los libros técnicos, esta voluminosa obra de gran formato y de cerca de 350 páginas está escrita para su comprensión y es muy fácilmente digerible. Al margen de las preferencias y de la especialización del lector, algunos aspectos de la misma resultan particularmente llamativos y actuales. Así, por ejemplo, son muy valiosas las aportaciones del autor a la interpretación de la Conquista del Oeste, pues introduce una idea distinta de frontera como «frontera móvil» la cual, a diferencia de la frontera estacionaria europea, en América señala nuevas zonas de colonización. «El estadounidense —explica Aguiló— considera que la frontera se encuentra dentro y no en el límite de un país. No es una línea en la que detenerse sino una zona que invita a la entrada». Por ello, estos territorios jóvenes que tan tardíamente se han subido a la contemporaneidad, y que gracias a la tecnología y a los procesos constructivos globalizados han conseguido llegar a la cima en poco tiempo, son el testimonio más palmario de la vitalidad de un mundo que progresa gracias, entre otras ayudas, a los grandes actores que han sido creados para dominar la técnica y materializar los anhelos de las ambiciosas colectividades que tiran de este viejo planeta hacia el futuro.
Antonio Papell
Ingeniero de caminos, canales y puertos