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Sostenibilidad: necesidad y oportunidad para la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos

Montserrat Zamorano Toro

Catedrática en Tecnologías del Medio Ambiente. ETS de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Universidad de Granada

©Ivan Bandura

En el año 1987, la Comisión Brundtlan, liderada por la ex primera ministra noruega Gro Harlem Brudtland, publica el informe que lleva su nombre. En él se hace un análisis crítico de las políticas de desarrollo económico implantadas en décadas anteriores y reconoce que el avance social se está llevando a cabo a un costo medioambiental muy alto que incluye graves amenazas como el calentamiento global, la contaminación ambiental, o el agotamiento de recursos, entre otras. 

El Informe Brundtland recoge, por primera vez, el término de desarrollo sostenible que es definido como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”. Este documento implica un antes y después en el desarrollo de políticas económicas que se han visto en la imperiosa necesidad de incorporar el concepto de sostenibilidad, es decir, tener en cuenta no solo la dimensión económica del desarrollo, sino también la social y la medioambiental. 

Con la finalidad de avanzar en el paradigma que supuso el Informe Brundtland y, por ende, la implementación del concepto de desarrollo sostenible, han sido diferentes los acuerdos a los que se ha llegado a nivel mundial. Así, en el año 2000 los dirigentes del mundo se reunieron en la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York para aprobar la denominada Declaración del Milenio, firmada por 1.159 Estados miembros. Este documento se tradujo en un mapa de ruta que estableció ocho objetivos que debían ser alcanzados en el año 2015. Los 8 Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) se basaron en acuerdos adoptados en la década de los 90 en conferencias y cumbres de las Naciones Unidas y representaron un compromiso de todas las naciones para establecer alianzas dirigidas a erradicar la pobreza, promover la igualdad, mejorar la salud, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente y reducir las desigualdades. Al concluir el periodo fijado para la consecución de los ODM se puso de manifiesto como, gracias a los esfuerzos mundiales, regionales, nacionales y locales, se había avanzado sustancialmente. Se implantaron importantes mejoras de las condiciones de vida para millones de personas, por lo que muchos países consideraron cumplidos dichos objetivos. Intervenciones específicas, estrategias acertadas, recursos adecuados, así como la voluntad política, permitieron que los países, incluso los más pobres, pudiesen alcanzar un progreso sin precedentes. Sin embargo, se puso igualmente de manifiesto la existencia de logros desiguales y carencias en muchas áreas, concluyendo que era necesario continuar trabajando e impulsando así la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. 

Es imprescindible garantizar infraestructuras y entornos urbanos compatibles con los objetivos sociales y ambientales

La Agenda 2030 fue firmada en 2015 por los jefes de Estado y de Gobierno de los 193 países miembros de Naciones Unidas y representa el compromiso internacional que permitirá avanzar hacia sociedades con un crecimiento económico inclusivo y mayor cohesión y justicia social, en paz y con un horizonte medioambiental sostenible. Para ello se han establecido 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que cubren todas las políticas públicas, la acción exterior y la cooperación para el desarrollo, y que incluyen un total de 169 metas. Estos objetivos incorporan los desafíos globales a los que se enfrenta la humanidad en las próximas décadas como la pobreza, desigualdad y degradación del planeta; además, los ODS pretenden ser profundamente transformadores y tienen un carácter universal, integrado e indivisible, por lo que es necesario aplicarlos por igual a países desarrollados y en vías de desarrollo para así cumplir con la promesa central y transformadora de la Agenda 2030: no dejar a nadie atrás.

Por todo lo indicado, el paradigma del desarrollo sostenible y la consecución de los ODS debe estar necesariamente en la hoja de ruta de las disciplinas y profesiones que tienen la capacidad de transformar las sociedades, como es el caso de la ingeniería civil. Desde su origen, la ingeniería civil está tras la gran evolución de la humanidad. Las infraestructuras del transporte e hidráulicas, la ordenación del territorio y del medio urbano o las infraestructuras ambientales son, entre otras, las que han dado forma al desarrollo desde el origen del hombre hasta la actualidad. Sin ellas no se hubiesen alcanzado los niveles de prosperidad de los que se disfruta en muchos países del mundo a día de hoy. Nadie pone en duda que las infraestructuras y los entornos urbanos mejoran el acceso a servicios básicos, la educación y las oportunidades laborales, además de impulsar el capital humano y la calidad de vida; por tanto, se puede afirmar que son un pilar fundamental de la actividad económica, además de ser indispensables para el desarrollo humano y la eliminación de la pobreza. 

Pero, a pesar de los beneficios que aportan, las infraestructuras también generan importantes impactos ambientales a lo largo de su ciclo de vida; de hecho, se les asocian más del 60 % de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo, además de un importante consumo de recursos naturales. Basta señalar que cada día se extraen 18 kg de áridos por habitante, unos cincuenta mil millones de toneladas al año, el triple que hace dos décadas. La arena se consume a un ritmo superior a lo que se genera de forma natural y está en la base de la mayor parte de nuestras infraestructuras y ciudades, lo que ha hecho que, tras el agua, sea el recurso natural más consumido, por encima de los combustibles fósiles. Paradójicamente, hay que añadir que las infraestructuras y los entornos urbanos, a su vez, se están viendo ya afectados por el incremento de temperaturas, precipitaciones o el aumento del nivel del mar, potenciando las vulnerabilidades ya existentes e incrementando las dificultades a las que se enfrentan pobladores y sus posibilidades de desarrollo. Estos efectos van a ser mayores en el caso de regiones con menor capacidad económico y, por tanto, se corre el riesgo de agudizar más aún las actuales diferencias y, por tanto, dejar a muchos atrás.

Por todo lo indicado, es imprescindible garantizar infraestructuras y entornos urbanos compatibles con los objetivos sociales y ambientales, promoviendo para ello criterios de eficiencia en recursos y reducción de emisiones. El diseño y gestión de las infraestructuras y ciudades del futuro debe estar basado en la circularidad. Una infraestructura o ciudad circular es aquella que aplica mejoras para conseguir un desarrollo sostenible, traducido en calidad ambiental, prosperidad económica y equidad social, y que tendrá como resultado entornos humanos resilientes, con capacidad de adaptación al cambio climático, y que, además, contribuyan a su mitigación. La resiliencia en las infraestructuras y ciudades debe ser entendida como su capacidad para absorber posibles efectos y mantener su función básica y capacidad estructural. La adaptación se definirá como las acciones que se deben realizar para prevenir cambios que puedan producir efectos no deseados. Finalmente, una infraestructura y entorno urbano mitigarán el cambio climático si contribuyen a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. En consecuencia, mitigación y adaptación son claramente conceptos complementarios entre los que existen evidentes sinergias: el incremento de los niveles de mitigación tendrá como resultado menos necesidades de adaptación. 

Tal y como se ha recogido en diferentes informes de evaluación del IPCC, la ordenación del territorio es un referente integrador que tiene un papel primordial en el desarrollo de nuevas infraestructuras y el aumento de la eficiencia global de todos los sectores. Así, el uso del suelo, la elección del transporte, la vivienda y las actitudes sociales están claramente interrelacionados y moldeados por las infraestructuras y el medio ambiente urbano. La adecuada planificación urbana y territorial orientada a un transporte sostenible o el aumento de la densificación edificatoria inteligente pueden contribuir a la mitigación conjunta en todos los sectores gracias a la reducción en emisiones, la ocupación del suelo o el consumo energético que reporta. Son numerosos los ejemplos que visualizan el camino que se está abriendo hacia el desarrollo de ciudades circulares: el diseño de infraestructuras como los sistemas urbanos de drenaje sostenible, capaces de gestionar las cada vez más frecuentes inundaciones, además de reducir la contaminación de aguas, minimizar los costes en la gestión de aguas pluviales y mejorar el paisaje urbano; el uso de nutrientes tecnológicos, para la fabricación de materiales de construcción como mezclas asfálticas, morteros, hormigones o material cerámico, entre otros, permitirá mantener en el ciclo productivo residuos generados en diferentes sectores productivos, reduciendo así el consumo de recursos y la eliminación de residuos en vertedero; o el desarrollo de estrategias dirigidas a implantar sistemas de transporte accesibles que reducen la ocupación del espacio público y sus impactos en el medio ambiente. 

El camino para lograr infraestructuras y ciudades circulares, resilientes, y con capacidad de mitigar y adaptarse al cambio climático, debe estar basado en el desarrollo de un conjunto de entornos normativos y de políticas que incorporen estos conceptos en todas las etapas de su ciclo de vida, desde el diseño hasta el final de su vida útil, pasando por la fase de diseño, construcción y explotación. Pero además debe ir acompañado de un desarrollo tecnológico e innovación, y es aquí donde los profesionales de la ingeniería de caminos, canales y puertos tienen de nuevo la capacidad de liderar este cambio, como lo han hecho a lo largo de su historia.

©Santi Burgos

Sin embargo, la rápida lectura de las órdenes que establecen los requisitos para la verificación de los títulos universitarios oficiales que habilitan para el ejercicio de las profesiones de ingeniero técnico de obras públicas e ingeniero de caminos, canales y puertos en nuestro país (Orden CIN/307/2009 y Orden CIN/209/2009, respectivamente) ponen de manifiesto que conceptos clave como cambio climático, economía circular o desarrollo sostenible son los grandes ausentes en un largo listado de competencias centradas, principalmente, en la viabilidad técnica y económica del diseño de infraestructuras. 

El nuevo marco de la Agenda 2030 y los ODS está provocando un importante cambio en el desarrollo profesional que necesariamente hay que abordar ya desde las aulas y que va a suponer algo más que el mero cumplimiento de unas metas; se trata de un cambio en el paradigma del modelo económico empujado por una realidad ambiental ante la que no podemos cerrar los ojos y que va a causar una enorme transformación social. Pocas profesiones van a tener un papel tan relevante en el logro de los ODS como las relacionadas con la ingeniería civil: agua limpia y saneamiento (ODS6), energía asequible y no contaminante (ODS7), industria, innovación e infraestructuras (ODS6), ciudades y comunidades sostenibles (ODS11) y producción y consumos responsables (ODS12). Es que, además, el desarrollo de actuaciones dirigidas hacia la sostenibilidad en este ámbito va a tener un efecto colateral en prácticamente el resto de los ODS, ya que mejorarán la salud y el bienestar (ODS3), reducirán las desigualdades (ODS10), la contaminación (ODS14 y ODS15) y los efectos sobre el clima (ODS13).

Ante esta situación los profesionales de la ingeniería civil no están en un proceso en el que puedan decidir si quieren o no asumir los grandes cambios que hay que abordar en lo que al concepto de su profesión se refiere, es una consecuencia lógica de un cambio de todo el modelo, pero también de su propia supervivencia. La sostenibilidad tiene que ser necesariamente abordada en toda su dimensión en el desarrollo profesional y no se puede ver esta necesidad de cambio como un ataque a lo que hemos sido hasta el momento, sino como una oportunidad para ser lo que la sociedad necesita que seamos. Si no lo hacemos y pensamos que es algo baladí, será un gran fracaso, y ese espacio que dejemos, no nos quepa la menor duda, será ocupado por otras profesiones. 

Aunque la ingeniería civil ha sufrido importantes transformaciones hasta alcanzar el gran nivel de conocimiento y tecnología que existe en la actualidad, necesariamente hay que seguir avanzando. Su nueva meta es la sostenibilidad, lo que traerá consigo la gran oportunidad, una vez más, de hacer mejor el mundo en el que vivimos. Por este motivo concluiré citando a Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Seamos valientes una vez más.