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La pintura del siglo XIX. Una visión estético-conceptual

Redacción

El pasado 27 de octubre tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la presentación del tercer volumen de la obra “La pintura del siglo XIX. Una visión estético-conceptual», Villaverde Editores, cuyo autor es Julio Martínez Calzón, Dr. Ingeniero de caminos que, tras su jubilación en 2013, la ha publicado como resumen de una larga investigación personal sobre la que llevaba trabajando, en paralelo con su profesión, más de 45 años.

En esta última parte se analiza extensamente el proceso evolutivo histórico-social de dicho arte en América Latina y Canadá. Prácticamente desconocido, no solo en Europa sino en el mismo continente americano, a excepción del público propio de cada país. Un hecho que, desde el punto de vista español resulta verdaderamente triste, por cuanto una apreciable parte de esa producción pictórica está muy directamente vinculada a España, al ser muchos de los pintores de esta etapa oriundos de nuestro país; y por la notable influencia que la historia colonial previa incorporó al quehacer pictórico del área hispánica de ese continente.

El análisis realizado lleva a cabo una exploración detallada de la evolución pictórica de todo ese amplio territorio, partiendo de tres corrientes subyacentes que, a pesar del tremendo impacto negativo que los procesos independentistas produjeron en el arte y la cultura sudamericanas, permitieron articular un proceso de continuidad, de manera que desde mediados de dicho siglo serían capaces de iniciar su recuperación; ya como países autónomos, pero con un sesgo común muy importante que, hacia finales del siglo, o mejor aún, poco antes de la Primera Guerra Mundial, les permitiría estar suficiente equiparados, pictóricamente hablando, con el viejo continente.

Dichas corrientes estuvieron constituidas por:

  • Los pintores populares; pintores locales que a partir de la imaginería del barroco colonial español mantendrían una actividad sencilla e ingenua reflejando las costumbres y creencias de la población, básicamente mediante viñetas y estampas, para su inclusión en los hogares humildes; y que, adicionalmente, llegaron a ser maestros de las generaciones intermedias, posteriores a la fase independentista.

La Pintura del siglo XIX. Una visión estético-conceptual. III: América Latina y Canadá

ISBN: 978-84-94964-1-8

Autor: Julio Martínez Calzón

Prólogos: Juan Manuel Bonet y Rodrigo Gutiérrez Viñuales

Editorial: Fernando Villaverde Ediciones, S.L.

Número de páginas: 951 pág.

  • Los pintores viajeros; profesionales de muchas ramas: militares, comerciantes, diplomáticos, etc., que se incorporaron a la sociedad americana y que, como pintores aficionados algunos de ellos, transmitieron las tendencias y corrientes artísticas europeas. Pero los verdaderos pintores viajeros fueron jóvenes personajes, algunos con capacidades pictóricas apreciables, que atraídos por las ideas científicas y descubridoras del prusiano Alexander von Humboldt, o por las ideas románticas, literarias y pictóricas, que con base en Alemania se fueron extendiendo por todo Centroeuropa a finales del XVIII, les impulsaron en busca de aventuras en el Nuevo Continente.
  • Las expediciones científicas y corográficas (descriptivas de una región), en busca del descubrimiento y censo de todo el potencial que los nuevos territorios vírgenes ofrecían y que requerían el concurso de pintores y dibujantes capaces de reflejar las plantas, flores, animales, razas, tribus o costumbres populares de todos esos lugares; y que, al término de tales viajes, se dedicaron a la enseñanza artística. 

El sustrato mantenido por estas corrientes permitió que, hacia mediados del siglo XIX, cuando ya los diferentes países habían alcanzado una cierta estabilidad — una vez superadas las fases independentistas y de luchas por el poder y por los territorios — la pintura, y en general toda la actividad cultural, pudieron permitir a multitud de jóvenes, becados por sus propios países o por algunos del viejo continente, viajar a estudiar pintura en Europa, especialmente Italia, pero también Francia, España e Inglaterra.

Esta actividad, ayudada por el progresivo avance de las sociedades de los nuevos países, permitiría una activa promoción de dicho arte, de tal manera que a finales de siglo el desfasaje pictórico estaba ya bastante superado y pudieron comenzar a expresarse planteamientos propios de cada país, con un buscado sesgo nacionalista e identitario: costumbres, paisajes, hechos históricos, personajes locales, etc., enriqueciéndose muy notablemente el panorama de la pintura.

Para cada uno de los países del continente, la obra expone su particular desarrollo pictórico, junto con las características y hechos principales definidores del ámbito de sus sociedades.

La pintura que se analiza en este tercer volumen no tiene desde el punto de vista creativo, ni tampoco desde el conformador de una expresión artística, la altura y la profundidad de la europea, tratada en los dos volúmenes anteriores, dado que sería en Europa donde se originarían los grandes movimientos artísticos de la modernidad, comenzando por el academicismo, el neoclasicismo y el romanticismo, seguidos algo después por el realismo, el simbolismo y otros más cercanos en el tiempo.

Ni sus figuras pueden tampoco competir con los grandes creadores europeos, tales como: Jacques-Louis David, Turner, Caspar Friedrich, Goya, Burne-Jones, etcétera.

Pero ello no quiere decir, ni mucho menos, que la aportación pictórico-artística del continente Latinoamericano y Canadá sea desdeñable. El interés de esta pintura se centra en una propuesta intensa y sincera, que ofrece valores de reconocimiento y emoción formidables, acerca de la primera andadura del arte moderno en este enorme territorio, y que podría venir a constituir como una inmensa fotografía de la naturaleza y las gentes del mismo, además de muchas otras facetas más complejas.

El citado volumen, tal y como ha quedado dicho, viene a completar y cerrar a los dos anteriores publicados en 2016 y referentes: el primero a Europa Centro-Occidental y Gran Bretaña; mientras que el segundo trataba a la Europa Periférica y los Estados Unidos de América.

En ellos, el análisis se realizaba de una manera mucho más vinculada a la gran cultura de ese siglo y a los importantes movimientos estéticos que surgieron durante ese intenso siglo XIX “ampliado”, que va desde la Revolución francesa (1789) hasta el final de la Primera Guerra Mundial (1918); de tal manera que, a través de lo que el autor define como “espíritu del siglo”, se ofrece una visión pormenorizada, muy amplia, del formidable proceso estético que se produjo durante ese periodo, constituyente del alumbramiento profundo de la Modernidad. Modernidad, cuya característica más fundamental podría ser la de constituir la última mirada sobre el mundo, idéntica o  semejante a la que tuvieron nuestros antecesores del mundo grecolatino, y en la cual occidente se refleja, ceñida exclusivamente a la visión y comprensión de lo existente a través de los sentidos puramente humanos; puesto que, a partir de casi el final del dicho siglo XIX, la técnica comenzaría a producir toda una serie de procesos sistemáticos: fotografía, cine, grabaciones musicales, etc., capaces de permitir un estudio mucho más reiterado y preciso de los fenómenos que, hasta entonces, solo era posible vislumbrar por la retentiva humana y que, definitivamente modificarían la Gestalt, es decir la relación del hombre con el mundo.

El autor señala expresamente, que el propósito fundamental de su obra ha sido modificar en la sociedad esa percepción de considerar a la pintura del siglo XIX como desdeñable, cuando no descalificada con juicios globales muy peyorativos: amanerada, rancia, anticuada, etc.; permitiendo comprobar que dicha época fue, por el contrario, de una riqueza, amplitud y potencia creadoras altísimas, probablemente superiores en algunos valores importantes, a las del siglo XX, contemplada hoy éstas desde su total perspectiva.

La obra escrita, con un total de 2452 páginas y 1708 pintores estudiados, se complementa con una página web, o archivo de imágenes digitales, www.pinturasxix.com de acceso gratuito, constituido por casi 150.000 imágenes, que reflejan la obra prácticamente completa de los diferentes artistas tratados; pudiendo utilizarse diversas posibilidades de comparación entre imágenes, ampliación de detalles, etc.

Algunos de los cuadros analizados

Los textos que acompañan a los cuadros reproducidos a continuación son obra de Julio Martínez Calzón, autor del del tercer volumen de la obra “La pintura del siglo XIX. Una visión estético-conceptual».

El puente de Metlac (1881).

José María Velasco (1840-1912). México.

Sus paisajes expresaban una gran voluntad narrativa gracias a la inserción de pequeños relatos y episodios populares, constituyendo en general una obra de gran fuerza y emotividad nacionalistas. Su extensa serie sobre el Valle de México, visto desde puntos muy diversos de la periferia, ofrece en conjunto una de las colecciones paisajísticas más brillantes, no sólo americana sino mundial, y contribuyó, adicionalmente, al estudio histórico del urbanismo de la Ciudad de México.

Oración (1900). Museo Antonio Parreiras Niteroi (Brasil).

Antonio Parreiras (1860-1937). Brasil 

Aunque en toda la obra de este pintor hay una identificación muy personal, es el paisaje donde su espíritu romántico adquiere mayor intensidad. Su producción se caracteriza por mantenerse fiel a su forma de entender la pintura, ajena a las corrientes de vanguardia con las que convivió, y excepto por una ligera vinculación con el modernismo en una etapa breve de sus últimos años, pone de manifiesto una innegociable personalidad que le convierte en uno de los autores más extraordinarios (si no el mejor) del arte brasileño y sudamericano.

Paisaje de las Indias Occidentales con figuras paseando ante un río. Colección Carmen Thyssen Bornemisza. Madrid 

Agostino Brunias (c.1730.1796). Colonias del Caribe

La obra de Brunias es ligeramente sincrética y en ella predomina una tendencia rococó que adapta brillantemente al entorno tropical, mucho más dinámico, menos ceremonioso, luminoso y lleno de contrastes cromáticos, que tiñe con alguna nota romántica, propia del artista. Aun cuando su obra pertenece al siglo XVIII, es un notable preludio de la siguiente centuria, especialmente en su carácter ilustrativo sin apenas profundidad en los temas, pero plenamente descriptivo en la escenografía, con la que supo reflejar, con vivacidad, la incipiente sociedad colonial que había germinado en las Indias Occidentales caribeñas.

La conducción de los troncos.

Tom Thompson (1877-1917). Canadá

Su pintura revela, sobre todo, el espíritu informal, anárquico y casi ilimitado de su juventud; sin embargo, cuando supo reconocer la gran Naturaleza de su país, actuó de manera prístina y sin intermediarios. Ni su técnica ni la composición fueron elevadas, pero exhibía, de forma simultánea, una ruptura con los moldes establecidos y una osadía en el color que rebasaban ampliamente el legado de la tradición. La fuerza y la belleza de la geografía de su país late en cada obra, constituyendo una etapa especial de la pintura canadiense, en la cual Thompson fue un promotor fundamental.

Vídeo de la presentación oficial del libro