Cultura | Mirador al arte

La laboriosidad metálica de Jean Prouvé

Del pliegue al muro cortina

Historiador del arte. Ingeniero de caminos.

Exposición El universo de Jean Prouvé. Arquitectura, industria, mobiliario en CaixaForum Madrid.

Jean Prouvé (1901-1984) fue en sus orígenes un maestro de la forja del hierro –ferronier, es decir, un artesano que trabajaba en el campo de la fundición y conformación de los metales–, mas hoy se le recuerda y reconoce como uno de los arquitectos franceses más interesantes del siglo XX. El hecho de que Prouvé no cursase estudios universitarios o profesionales reglados en una escuela de arquitectura no ha sido obstáculo para que su figura haya adquirido, casi por unanimidad, tal reputación entre los arquitectos. En el mundo reglamentado de los ingenieros, la falta de un título es una anomalía que incapacita probablemente para ejercer; sin embargo, tal carencia no ha sido tan infrecuente entre los arquitectos de renombre. Recordaremos que esa circunstancia acompañó a personajes de categoría enorme dentro de la arquitectura del siglo pasado, como fueron Le Corbusier, Buckminster Fuller, Carlo Scarpa o nuestro compatriota Ricardo Bofill, entre otros. El herrero Jean Prouvé, de origen modesto y conocimiento autodidacta, desarrolló una buena parte de su actividad creadora y empresarial entre arquitectos y constructores de edificios. Fue respetado, e incluso admirado, por ellos, y finalmente ese gremio lo asimiló nominalmente.

La peripecia creativa de Prouvé, siempre en torno al diseño y la fabricación de elementos y piezas de metal, persiguiendo la industrialización de la actividad constructora que en los años 20 del siglo pasado, se encontraba rezagada comparativamente en cuanto a tecnificación y medios y es el objeto de la atractiva exposición (1) que ofrece hasta el 13 de junio el CaixaForum Madrid, en colaboración con el Centre Pompidou de París. En verdad hay que decir que no fue la edificación, a partir de elementos metálicos de todo tipo (2) fabricados industrialmente, lo primero que movió la atención y el impulso creativo del celebrado artífice parisino. Previamente, Jean Prouvé se había revelado como un afanoso diseñador y fabricante de mobiliario de armazón metálico, práctico y asequible, para hogares, escuelas y oficinas; muebles sólidos pero refinados en los detalles y con buena calidad de acabado. Fue precisamente esa actividad de carpintero metálico –que, a primera vista, podría considerarse ancilar, aunque de ningún modo lo fue– lo que le hizo merecedor de elogio, tanto por la novedad que supuso ese tipo de enseres en el hábitat residencial, como por el logro de una economía inexcusable en aquellos tiempos. Los diseños de Prouvé poseían además una elegancia espontánea, inmersa en la estética de la modernidad y gran novedad en aquel tiempo, razón por la cual el inquieto forjador fue invitado en el año 1929 a formar parte del grupo fundacional de la Union des Artistes Modernes, junto con Mallet-Stevens, el ínclito Le Corbusier y el primo de este último, el arquitecto Pierre Jeanneret, entre otros. 

Para él, el diseño de muebles y otros artefactos domésticos tenía en lo esencial algo compartido con la concepción de elementos de mayor escala, fabricados para ser partes funcionales o resistentes de una construcción. Sus propias palabras así lo dan a entender: “Tout ce que j’ai fait a toujours découlé d’une pensée qui était instantanément constructive. Je n’ai jamais eu une vision ou une forme à l’esprit, je n’ai pas de style. Je n’ai jamais dessiné de formes. J’ai fait des constructions qui avaient une forme.” (3) Pensamiento que, en la medida que apunta a una jerarquía personal de lo funcional y resistente sobre lo puramente formal al afrontar la creación, puede intuirse más próximo al corpus paradigmático de los ingenieros que a la tradición de diseño que impera entre los arquitectos, hermanados colegas de Jean Prouvé.

La exposición que le dedica CaixaForum Madrid brinda al espectador un recorrido cronológico secuencial que abarca prácticamente la totalidad del ciclo creativo del polifacético artista francés. Se encuentran en ella representados los trabajos primordiales de Jean Prouvé en su condición, primero, de artesano; después, de diseñador industrial y fabricante de mobiliario; más tarde, de constructor de habitáculos y viviendas prefabricadas de metal; y, finalmente, como proyectista de edificios singulares y consultor. En la exposición pueden contemplarse fotografías, dibujos y objetos físicos reales representativos de varias de sus etapas, como son las bellísimas rejas de las puertas del pabellón de Nancy en la Exposición Internacional de 1925 y de la parisina Ville Reifenberg (1926), así como ejemplares selectos de muebles de chapa plegada de acero inoxidable y lacada, devenidos clásicos del diseño industrial; entre ellos, las célebres sillas Standard (1934) y Antony (1954), así como el sillón Visiteur (1942), muestras de un mobiliario cuyo diseño tuvo como criterios rectores la utilidad y un bajo coste derivado de la facilidad para ser fabricados en serie, aparte de una indudable modernidad y dignidad formal. En cierto modo puede apreciarse que subyacen en estas obras ecos de la Deutscher Werkbund de Muthesius y de la Bauhaus de Gropius.

Pero lo que más llama la atención del visitante de esta exposición es la faceta de Prouvé como inventor y constructor de habitáculos prefabricados de metal, hoy simpáticamente obsoletos, pero que podrían considerarse fruto de una ingeniosidad alineada en lo funcional y lo ético con el espíritu de su tiempo. La singularidad intencional de su diseño era consecuencia del propósito de satisfacer los nuevos gustos de una pequeña burguesía urbana entonces en Francia. Ejemplos de ello fueron varios modelos de casitas prefabricadas que salieron de sus talleres, entre ellas la maison BLPS (Beaudouin, Lods, Prouvé, Strasbourg) de 1937, una cabina familiar desmontable y transportable, lista para armar en época y lugar de vacaciones y desmontar a la vuelta a la ciudad; o la maison Tropicale de 1949, de mayor empaque y apta para establecerse en climas cálidos. La apoteosis de la chapa de acero –plegada, embutida, nervada y después soldada– se localiza, no obstante, en la época en que Jean Prouvé ejerció de arquitecto de edificios modernos, entre los años 1932 y 1954. Durante ese fecundo periodo vieron la luz construcciones emblemáticas dentro de su obra, como el aeroclub Roland Garros (1936) y la Casa del Pueblo de Clichy (1939), ambas en las proximidades de París y, por supuesto, con sus elementos enteramente de metal.

Desavenencias empresariales con sus socios y el subsecuente abandono de sus talleres de fabricación en Maxéville dejaron a partir de 1954 a un Prouvé consultor, desprovisto de medios físicos de experimentación, pero no menos prolífico e interesante que el de tiempos anteriores. Durante las tres últimas décadas de su vida, intervino en el Pabellón del Centenario del Aluminio (1954) e igualmente bien reputados fueron sus trabajos para la Compagnie Industrielle de Matériel de Transport (CIMT), diseñando diversos tipos de muros cortina con paneles de aluminio microondulados o en chapa embutida multicromada.

A lo largo de su fructífera etapa como consultor, intervino en proyectos de mayor escala que la de sus iniciativas de tiempos anteriores; así fue como Jean Prouvé tuvo ocasión de colaborar con ingenieros importantes, entre ellos Michel Hugonet, Serge Ketoff, Jean Switchine o Léon Pétroff. Con este último desarrolló una interesante cubierta plana en celosía, implantada extensivamente en edificios de uso colectivo y estaciones de servicio.

Exposición 'El universo de Jean Prouvé. Arquitectura, industria, mobiliario' en CaixaForum Madrid.

Sin titulación de ingeniero, no hay duda de que lo fue de modo natural por su espíritu inquisitivo, métodos de trabajo e intención

Fue un notable ingeniero civil, en este caso, el irlandés Peter Rice (4) –autor de la estructura del Centre Pompidou en proyecto compartido con los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers–, quien se identificó públicamente con el modo de entender la estrategia de diseño, “forme d’égale résistance”, de Jean Prouvé, muchos de cuyos trabajos no eran sino puros actos de investigación. Todo esto y más podrá apreciar quien visite esta atractiva muestra sobre la inventiva de un gran creador de objetos y estructuras metálicas, que sin ser propiamente un arquitecto lo acabó siendo por aclamación gremial. Y no habiendo tenido Prouvé estudios ni titulación de ingeniero, no hay duda de que lo fue de modo natural por su espíritu inquisitivo, métodos de trabajo e intención.